Sin embargo, ayer Mohamed tuvo que enfrentarse de nuevo a un bofetón de esos que a veces te da la vida, pongas o no la otra mejilla. Rayán fallecía en la unidad de neonatos del hospital Gregorio Marañón de Madrid a causa de una neglicencia médica. Rayán no se había rendido. Él hubiera sido capaz de seguir adelante, pero la fortuna, la mala en este caso, no se lo había permitido.
Mohamed estaba convencido de que su mujer había sufrido una negligencia médica (hasta cuatro visitas al hospital necesitó Dalila, embarazada de siete meses, para que la ingresaran) pero Rayán le ayudaba a seguir adelante. No puedo dejar de pensar que a Mohamed este segundo bofetón le tiene que doler de manera difícilmente soportable.
Pienso en Dalila, en Mohamed, en Rayán, en su familia, y pienso en esa enfermera de veintipocos años que, en su primer día en la UCI de neonatos, quiso alimentar al pequeño Rayán y se equivocó. Pienso en todos ellos, en lo que cada uno de ellos debe de estar sintiendo, y me siento incapaz de albergar empáticamente todo ese dolor. Porque hay veces que la empatía es humanamente imposible.

















