28 de octubre de 2011

adiós, yayo

Con 16 años falsificaste tu documentación para poder defender tus ideales en una guerra. Luchaste junto a Durruti, viste morir y mataste, viviste penurias, tragedias y horrores de los que pocas veces hablaste, y nunca sin que se te encendiera la sangre de rabia al recordarlos. "En esa guerra murió lo mejor de ambos bandos", decías. Daba igual que fueran de derechas o de izquierdas; eran personas decididas a luchar por unos ideales hasta morir si hacía falta. Tú conseguiste sobrevivir y salir adelante en una España que se puso difícil para los vencidos.

Me hubiera gustado que me contases tantas cosas, preguntarte tanto... Ahora te has ido y todo eso se ha ido contigo, como, poco a poco, se ha ido yendo con todos. No fuiste un abuelo en exceso cariñoso, pero me apena tu marcha. Por lo que significa, más allá del vínculo familiar, y porque, a tu manera, me hiciste saber que me querías.

No ha sido una marcha fácil; ha llegado poco a poco, se ha impuesto minándote durante años, aislándote en ti mismo y de nosotros. Sin embargo, lo que más me entristece es saber que te has ido desencantado con el mundo en el que nos dejas y con una pregunta constante en tu cabeza: "¿Para qué luchamos, para qué murió tanta gente, si, al final, no ha cambiado nada?". Quisiera creer que no es así, yayo, que tu lucha sirvió de algo, pero necesito que alguien, de una vez por todas, me lo demuestre.

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